—A la oficina James —le dijo en su usual tono de voz. Hoy no había sonrisas ni miradas pervertidas, nada, sólo la distancia que parecía un acantilado entre nosotros y ahora se acrecentaba aun mas con su comentario. En parte estaba agradecida, así no mezclábamos aun más las relaciones, agradecía su frialdad, así todos los deseos que tenía por él se apagaban con ese intenso frio.
Llegamos a la oficina casi igual que el viernes, nos recibió la amable secretaria de Pedro, Irene, toda una dulce persona, con ella él se comporto como la otra vez, siempre amable y cordial, ni parecía la misma persona con la que salí de la casa. Entramos en la oficina y el silencio inundó nuevamente, el espacio era tan grande que parecía haber eco.
Me senté en el sillón, resignada por tener que esperar a que el día acabara para salir corriendo de allí, sabía que Pedro me observaba en ciertos momentos porque sentía sus ojos en mi piel. Al estar con él se había establecido una maldita conexión entre nosotros y me odiaba por eso, no quería tener nada con el, pero mi cuerpo pensaba todo lo contrario.
La mañana pasó normal, la oficina llena de gente entrando y saliendo, Pedro sumido en un montón de papeles, a veces gritaba otras no, era raro verlo aquí, en su entorno real ¿a caso de esta forma actuaba todos los días? No me extrañaba porque su cerebro se le desconectaba de repente, ya que estar sometido a todo este estrés de verdad debe abrumarte.
Cuando la hora marcaba pasado del medio día, me dedique a mirarlo un momento. Me asusté al ver que sus dos manos estaban en su frente y cerraba sus ojos con gran fuerza, se notaba que algo malo pasaba ya que las líneas de su frente estaban aun más marcadas que antes. Dejé el libro que leía encima de la mesa y me acerqué a él.
—Señor Alfonso ¿está bien —le pregunte, acercándome cada vez más. Sin proponérmelo estaba parada justo a su lado, él levantó la cabeza y creo que se sorprendió de que estuviera tan cerca ya que dio un muy imperceptible respingo y se puso de pie.
—No, estoy bien —tal vez se puso de pie muy rápido porque se tambaleó un poco, pero lo alcancé a sostener. Como un niño que debía cuidar lo llevé hacia los sofás, él, con una resignación que me impresionó, me hizo caso y aceptó sin chistar, se recostó sobre los enormes sillones y se llevó una mano a la cabeza—. Esto es peor de lo que imaginaba.
—¿Le duele la cabeza? —él asintió—. ¿Mucho? —volvió a asentir.
—No sé qué demonios pasa conmigo —dijo algo enojado.
—Creo que su sistema nervioso le está pasando la cuenta.
—¿A qué se refiere? —preguntó, mirándome por primera vez a los ojos.
—A que —comencé a tartamudear, sentir su mirada era una cosa, pero verlo a la cara era otra muy diferente— su sistema esta tan estresado y colapsado que creo que es por eso que su cerebro se «desconecta» del cuerpo.
—Una interesante teoría —bufó y me molesté.
—Es sólo una acotación señor, me he dado cuenta de que cada vez que usted se enfrenta a algún tipo de estrés su cerebro reacciona de esa manera. Espéreme aquí, iré por una de sus pastillas
Me aleje de él hacia donde estaba mi bolso, ahí traía todo lo que él podría necesitar, pastillas, analgésicos, números de emergencia, cualquier cosa que fuera necesaria. Tomé dos capsulas de un frasco y caminé nuevamente hacia él.
—¿Podría ir por un jugo, por favor? El sabor de estas me desagrada.
—Claro, le diré a Irene que me ayude con eso, vuelvo enseguida.
Caminé afuera de la oficina y le pregunté a Irene en donde podría sacar un jugo para él. Por lo que había observado le gustaban los sabores tradicionales, ella me indicó una cafetería que estaba a solo unos pasos de la oficina de Pedro, era de uso exclusivo de la presidencia y de los gerentes de la compañía. Caminé hacia el lugar y estaba vacío, tenía una decoración muy elegante, unas cuantas mesas dispersas por el lugar y una alegre mesera esperando por la orden.
—Buenos días señorita —me saludó con su cantarina voz—. ¿Qué desea?
—Quiero dos jugos de frutas porfavor, uno de naranja y el otro de durazno.
—Enseguida —me dijo, y se perdió en el mesón a prepararlos.
Escuché como hacía los jugos, pero sin darme cuenta mi mente comenzó a divagar en otras cosas, miré hacia la oficina de Pedro y no podía creer encontrarme aquí. Estaba en su oficina, a solo días de haber tenido relaciones y no parecía haber cambiado nada. Una parte de mi estaba feliz ya que no tendría que dar explicaciones, pero había una pequeña porción de mi mente que realmente le disgustaba esta situación, ¿seria así con todas sus parejas? Porque por lo que decían los medios habían sido muchas. Mujeres de diferentes partes, de diferentes razas, con una elegancia que rebalsaba sus poros, con dinero a destajos, pero todas con solo una característica en común: hermosas, detestablemente bellas. ¿Qué habrá pensado mientras estaba conmigo? Me estremecía de solo pensarlo, yo, la sirvienta, la enfermera, una persona sin clase ni apellido. ¿Habría disfrutado? Luego estaba la barbaridad que me había dicho hoy en la mañana «un hijo bastardo en esta parte del planeta», ¡demonios! Si algún día estaba embarazada el padre de mi hijo jamás podría pensar así.
Pedro Alfonso era un hombre frio hasta la medula, nada en él era cálido, al menos no cuando estaba normal, ya que cuando era un hombre dispuesto a saciar su deseo era otra la historia. Sacudí mi cabeza y traté de no alimentar más esas dudas que jamás serían respondidas. Miré de reojo hacia un lado y un hombre me observaba de manera curiosa.
—Buenas tardes —me saludó, ¿tardes? Miré el reloj y ya eran casi la una de la tarde, ¡llevaba mucho aquí! Sólo pensando, miré hacia delante y los jugos estaban quizás hace mucho tiempo sobre la mesa.
—Bue… Buenas tardes —saludé al joven. El chico era completamente hermoso, tenía un cabello negro azabache y muy corto, sus ojos eran de un color extraño, tornasol, su piel era de un color muy blanco, casi tanto como la de Pedro. Me erguí y él lo hizo conmigo, era unos cuantos centímetros más alto que yo.
—Nunca te había visto por aquí, ¿eres nueva?
—No —respondí—, bueno, a decir verdad sí, éste es sólo el segundo día que vengo.
—¿ Y en qué departamento estas?
—Estoy con Pe… con el señor Alfonso. Soy su enfermera de cabecera.
—Wow, una enfermera. Bastante perdida andas entonces, debes sentirte como un pez fuera del agua.
—Algo así —reí. Las empresas, las finanzas y ese tipo de cosas nunca habían sido lo mío.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ansioso mientras sus ojos me evaluaban.
—Paula, pero todos me dicen Pau… ¿Y el tuyo?
—Aro —respondió una voz grave a mis espaldas, la reconocí de inmediato, todo mi cuerpo tembló ante el tono duro de su voz. Me giré y ahí estaba él mirándonos atentos, pero con su cara completamente disgustada.
—Se… señor Alfonso —tartamudeé.
—¿Cómo estas Aro? —preguntó Pedro, ignorándome por completo.
—Bien Alfonso, mejor que tu al parecer. Bueno, más tarde me paso por tu oficina para que hablemos, nos vemos linda Bella —dijo tan fresco como una lechuga, el tipo salió de la cafetería y pude ver el cuerpo de Pedro temblar, demonios ¿estaba enfadado?
—Señor Alfonso —traté de disculparme.
—A mi oficina, ¡ahora! —su tono se elevó unos cuantos tonos más arriba haciéndome saltar.
No respondí nada, tomé mis jugos y me fui hacia la oficina, sentía sus pasos pegados a mis espaldas, entré y un portazo nos siguió.
—No quiero que hable con nadie de esta oficina.
—Pero… pero —intenté replicar.
—¡Nadie! —gritó, golpeando el escritorio, una de sus manos voló rápidamente hacia su cabeza, se dejo caer en su sillón de cuero y masajeo sus sienes—. Usted no vino aquí a entablar amistad, señorita Chaves, está aquí por mí, y le agradecería que se concentrara en su cometido.
—Sí señor —respondí con mis puños temblando de ira, él no podía prohibirme eso, no podía ser sorda y muda sólo porque él me mandara, mordí mi lengua y recordé mi casa, todo esto había sido por el trabajo que tenía, así que una vez más me contuve.
Él tomo las pastillas y el vaso de jugo de durazno, como yo había presagiado. Se tomó los analgésicos y continuó trabajando. Por la tarde ya no hablamos nada mas, el aire se sentía totalmente tenso y casi parecía palparse.
Cuando eran los seis Pedro me dijo que tendríamos que quedarnos un poco más, había unos proyectos que tenía que autorizar y no podían esperar hasta mañana, asentí sin poder negarme. Unos minutos más tarde vi como todas las oficinas del piso iban siendo desocupadas, la jornada de trabajo había terminado y todos se retiraban a sus casas, excepto nosotros. Los empleados de aseo hicieron rápidamente su cometido, limpiaron con gran eficacia todas las oficinas, hasta ellos querían marcharse pronto. Una hora más tarde los vi desaparecer. Cuando el reloj marcaba las ocho con diez de la noche el timbre del ascensor al fondo del pasillo sonó, miré por la ventana y la figura de un hombre venía caminando hacia la oficina de Pedro. Golpeó sólo una vez y entró, me sorprendí al ver que Aro, el tipo que conocí en la cafetería, entró muy campante hacia donde estaba mi jefe.
—¿Se puede? —preguntó con el mismo tono con el que se había despedido de mí—. ¡Wow! Ni con tus malestares se te quita lo adicto al trabajo Alfonso —miró hacia donde estaba yo y una sonrisa amplia se desató por su cara—. ¡Pero qué crimen! Y mas encima arrastras a esta pobre criatura a tu estrés —miré a Pedro y era solo cosa de tiempo que lo echara de la habitación, sus ojos estaban rojos de ira y sus puños estaban apretados.
—Dime qué demonios quieres.
—Sólo te traía las correcciones de los balances que me entregaron, están listos para ser presentados mañana, ¿vez? Te ahorré trabajo, ahora podrás dejar que esta pequeña se vaya a dormir —dijo mirando fijamente a mis ojos, una mirada lasciva me observó.
—Esto no es asunto tuyo, gracias por los balances, ahora vete.
—Creo que no eres un buen jefe, bueno, siempre lo he pensado —él lo reto, ¡demonios! Iba a arder Troya en esta oficina. No sabía cuantos segundos más la ira de Pedro iba a ser contenida. Miré su rostro y estaba completamente crispado por la rabia—. Tal vez debería ofrecerme para llevarla yo a casa, pobre, parece que no ha dormido bien, pero podríamos hacer algo para solucionar eso ¿no crees? —me miró y sus ojos me desnudaron, sentí el suelo temblar y un grito incontrolable se desató del pecho de mi Jefe.
—¡Vete al demonio, Vulturi!, ¡no te quiero ver aquí!, ¡lárgate o te saco a patadas! —Pedro caminó hacia él, sabía que estaba dispuesto a golpearlo, había que ser idiota para no darse cuenta. En un rápido movimiento me atravesé en su camino, puse mis manos en su pecho tratando de contenerlo, sus ojos chispeaban de pura furia.
—¡Por Dios, Alfonso! Tan intolerante como siempre —dijo casi soltando una risita maliciosa—. Bueno, para otra vez será linda Bella, la invitación sigue en pie.
—¡Lárgate! —gruñó Pedro desde el fondo de su pecho.
—Ya ya, está bien —le dijo levantando los brazos y saliendo, como una burla el tipo soltó una risotada mientras cambia nuevamente al pasillo, ¿pero quién demonios era este chico?, ¿por qué Pedro no había podido echarlo a patadas a la calle? Cada día mi jefe me parecía más misterioso.
El tiempo se detuvo ante nosotros, todo lo que escuchaba eran las erráticas respiraciones de Pedro, miré su cara y tenía la vista perdida en cualquier parte, pero aun se notaba la furia que intentaba contener. Sus puños estaban tan apretados que la piel sobre ellos estaba blanca, bajé mis manos hacia ellos y los envolví intentando apaciguarlos.
—Cálmese, por favor —le pedí en un susurro.
—¿Está contenta? —me preguntó con la voz gélida—. Por haberle coqueteado ahora tendrá a ese imbécil detrás de usted —me dijo soltándose de mi agarre, su cuerpo parecía estremecerse con cada palabra. Su espalda estaba tan rígida que se notaban de inmediato las oscilaciones de su piel.
—¿Esta diciéndome que esto es mi culpa? —pregunté asombrada.
—Claro que lo es, no debería andar coqueteando con todos los hombres que conoce —apreté mis puños, ahora los míos estaban más blancos que los de él. Me mordí la lengua, apreté mis dientes e intenté contenerme todo lo que pude, pero esto me sobrepaso, la rabia salió casi expulsada de mi boca.
—¿Y quién demonios se cree usted para tratarme así? —no me iba a arrepentir de esto, él podría ser muchas cosas adinerado, poderoso, altivo, pero jamás dejaría que me pisoteara, eso nunca.
—No me hable en ese tono —se giró y avanzó unos pasos hacia mí. La furia que contenía estaba asomándose cada vez más en su rostro. Ambos estábamos en un estado muy inestable, en cualquier momento la ira de alguno se desataría.
—Y usted no me ofenda, no porque sea mi jefe dejare que me hable en ese tono. Nadie puede prohibirme lo que yo haga con mi vida. ¡Porque es mía!
—¿Entonces está feliz de que ese maldito se le quiera tirar encima? —no respondí, sabía la respuesta, pero él me había dejado atontada con esa pregunta. ¿Cuándo habíamos llegado a este nivel de confianza?—. No me responda —rió con amargura—, el que calla otorga —me dijo dándome una mirada de desprecio.
—No…
—¿No qué? —se acercó con rapidez—. ¿No quiere que la ofenda?, ¿pero que mas ofendida puede estar si usted misma hace que los demás la piensen así? Tan… tan… —calló, una de sus manos se acercó a mi rostro, me quedé estática esperando un contacto. Su gélido dedo atravesó mi pómulo, enviando descargas a todo mi cuerpo, cerré mis ojos e intenté controlar el impulso de saltar encima de él.
—Ya basta —le dije separándome de él, su dedo quedó suspendido en el aire, sus ojos me miraban y recorrían mi cuerpo haciéndome estremecer, mi mente me mostró esos mismos ojos el día que estuvimos juntos, me miraban de la misma manera, con tanto deseo en ellos. Su rostro cambió de repente y se crispó nuevamente, como si mi lejanía lo hubiera molestado.
—Entonces, sí estás feliz, quieres que él te invite a salir ¿verdad?, ¿acaso quieres terminar en su cama tal como lo hiciste en la mía? —dijo dé repente, y no pude detener mi mano, se estampo con fuerza en su mejilla haciendo que se tambaleara y perdiera un poco el equilibrio.
El silencio llenó la sala, lo único que hacía eco era el golpe de mi mano contra su rostro, sus ojos se ensancharon por la sorpresa de mi «ataque», mi respiración se aceleró a niveles insospechados al igual que el latido de mi corazón. La mano que había servido de arma palpitaba con fuerza y comenzaba a doler por el impacto, los siguientes segundos fueron eternos, ambos seguíamos parados allí, solo mirándonos. El pecho de Pedro subía y bajaba con fuerza, la mejilla que había sido mi victima tomó un color rojo intenso y estaba segura de que le dolía tanto como mi mano lo hacía. Decidí que era momento de irme, si seguía aquí terminaría perdiendo aun mas mi trabajo, porque estaba segura de que después de esto ya no tenía donde volver mañana. Estaba por girarme para salir cuando su mano me detuvo.
—Suélteme —le dije casi al borde de las lagrimas, la ira que tenía sólo podía dejarla salir así, en un sollozo, él ya me había ofendido demasiado y no seguiría soportándolo. Cuando pensé que él me soltaría apretó aun mas su agarre haciéndolo casi doloroso, sentía sus dedos tan apretados contra mi muñeca que faltaba poco para que su piel se fundiera con la mía. Comencé a forcejear, lo único que deseaba era salir de esa oficina y no volver más, pero mis intentos se vieron acallados por lo que jamás pensé que vendría, un beso, un ansioso y necesitado beso.
Su mano me atrajo hacia su cuerpo, ni siquiera dándome tiempo para respirar se adueñó de mis labios, la fuerza y la necesidad con la que me besaba me hacía sentir todo lo que él pasaba por dentro, sentía que ambos podríamos descargar la rabia en esto, pero no era así, él me había ofendido y no podía dejar que me humillara nuevamente.
—Suélteme —le dije forcejeando para que me soltara—. Ya basta, me hace daño —me resistí contra sus labios, él apretó aun mas su agarre y su cuerpo se fundió contra el mío, el calor de su piel era tan intenso que la sensación de calor me atravesó por completo. Sus labios desesperados buscaban los míos que se negaban a ceder
—No te soltare- —me dijo—. Te necesito —confesó, dejándome pasmada en sus brazos ¿él me necesitaba?, ¿a mí? Reaccioné de inmediato, eso era una mentira, él no me necesitaba precisamente a mí.
—Tú no me quieres a mí, búscate a una de tus modelos para descargar tus deseos en ellas, yo no me prestare para tu juego.
—¡Pau! —gritó cuando aun estábamos forcejeando, él para atraerme más y yo para soltarme y salir corriendo antes de que fuera presa del deseo. Su nombre en mis labios no paso inadvertido, tuve que contar con todo mi autocontrol para no rendirme ante él—. No te vayas —me pidió.
—No me pidas eso, quiero irme —le dije mintiéndole, mi piel me pedía a gritos que cediera, si me quedaba sería el comienzo de mi fin.
—No te vayas —se acercó nuevamente y fundió sus labios contra los míos, mi instinto de supervivencia me decía que corriera, pero mi cuerpo no lo escuchaba, el forcejeo aun estaba presente. Intenté liberarme de los brazos de mi captor, pero él no me dejo, sus manos se pegaron a mi espalda y casi a tientas entre las tenues luces de su oficina atravesó el espacio que nos separaba de la muralla y me aprisiono contra ella, dejándome sin posibilidades de escapar.
—Pedro, déjame —le pedí en el último intento consiente que tenía antes de dejarme vencer.
—No quiero, no quiero que te vayas. Quédate conmigo —me pidió, o más bien me exigió, su boca no me dio más tregua y se adentró en la mía imposibilitándome la huida. Unos cuantos golpes en su espalda y todo acabó, los puños cerrados se abrieron y mis dedos se fundieron en la tela de su chaqueta presionándolo aun más contra mí.
—¿A qué estás jugando? —le pregunté, los besos y caricias eran demandantes y llenos de deseo.
—No sé, ni yo mismo me lo explico —me dijo besándome la boca. Bajó desde mi mentón hacia la piel que se extendía hacia abajo—. Tu piel… —lamió mi cuello— es tan adictiva —confesó, haciéndome sonreír, cerré mis ojos y disfruté de sus caricias.
—Pedro —gemí cuando el placer apareció en todo mi ser.
—Eso —me dijo tocando mi cuerpo—, gime para mí —me pidió—. Mi nombre en tus labios me vuelve loco —volvió a confesar, sus rápidas y ansiosas caricias me acrecentaban aun más el deseo que intentaba sin mucho éxito contener.
—Pedro—volví a decir cuando sus manos abrieron con fuerza mi camisa, haciendo saltar unos cuantos botones. Sus ojos lívidos y llenos de deseo miraron mis pechos devorándolos, sus manos sacaron mi camisa y todo lo demás, nuevamente quedé en frente de él sólo con mis medias, bragas y tacones. Nuestras respiraciones se hacían cada vez más rápidas y sonoras—. Pedro —gemí cuando él comenzó a besar mi pecho, llevándose uno de mis pezones a su boca— alguien puede… vernos ¡Ah! —mordió el pequeño botón que coronaba mi seno.
—Nadie vendrá… estamos solos —dijo mientras degustaba mi piel, un suspiro de alivio se soltó de mi pecho. Sus caricias eran tan demandantes y necesitas que sólo bastaron unos minutos más para perder el control de mis actos, nuevamente había caído en las redes de Pedro.
Sus manos recorrían mi piel explorando todo a su paso, mis temblorosos dedos comenzaron a desprenderlo a él también de su traje, algo impaciente por mi lentitud Pedro se sacó todo, casi rasgando la tela de su camisa y su pantalón. Su urgencia me hacía excitarme a niveles insospechados.
—Eres hermosa —dijo contra la piel de mi abdomen, iba dejando un camino de besos y mordidas mientras intentaba llegar a mis bragas, sabía que no era el mejor momento, pero tenía que intentarlo.
—¿Por qué me… odias tanto? —le pregunté mientras ahogaba mis gemidos en las palabras.
—¿Odiarte? —me dijo poniéndose nuevamente de pie. Su boca se fue a mi mejilla, deposito unos cuantos besos mas y de pronto se me quedó viendo, mi cuerpo temblaba por el frio de la habitación, pero por dentro estaba ardiendo por sus caricias, él soltó una risa, negó con su cabeza y siguió trabajando contra mi piel—. Lo que odio es desearte de esta forma —se pegó contra mi dejándome sentir la excitación de su cuerpo.
—¿De verdad me deseas? —le pregunté mientras sentía el calor de su piel y la potente excitación.
—Sí, no hay manera de esconderlo.
—Entonces no hay porque reprimirse —le dije sin remordimientos.
—Lo mismo digo —dijo con una sonrisa , sus labios devoraron los míos con la misma urgencia que antes, sus brazos me tomaron a tientas y me sentaron ahorcadas sobre sus caderas. Caminó conmigo hacia los enormes sillones de la sala de estar y nos recostamos sobre ellos, tenía ese imponente cuerpo encima del mío, Pedro acariciaba con sus cálidos dedos cada centímetro de mi piel. Mi espalda se arqueó al sentirlo devorar mis senos, mis manos atrajeron su cabeza más hacia mí para hacer más prolongado el contacto.
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me encanta tu noveee!! siguela
ResponderEliminarayer encontre esta novela!!! me encantaaaaa , este pedro es muy cambiante!!!
ResponderEliminarAme esta novee ,subi mas caps :)
ResponderEliminarME PARECE UNA FALTA DE RESPETO ENORME LO QUE ESTÁS HACIENDO...
ResponderEliminarSABES LO QUE ME COSTÓ ESCRIBIR ESTA HISTORIA?, SABES EL TRABAJO QUE FUE CREAR CADA PERSONAJE Y DARLE FORMA A LA TRAMA?, SABES LO MUCHO QUE DEMORABA EN ESCRIBIR CAPÍTULOS DE 50 PÁGINAS PARA MIS LECTORAS? LO SABES? LO SABES?
NO TIENES UNA PUTA IDEA DE LO QUE SIGNIFICA ESCRIBIR, PORQUE COPIAR UNA HISTORIA Y CAMBIARLE LOS NOMBRES (BARATOS SI PUEDO AGREGAR) NO ES ESCRIBIR MIJA.... ESCRIBIR ES DARLE FORMA A TU CREATIVIDAD USANDO LO QUE TE SALE DE LA CABEZA, NO IDEANDO UNA ESTÚPIDA COPIA Y PONIÉNDOLE UNOS ESTÚPIDOS NOMBRES QUE YO JAMÁS USARÍA.
ESTA HISTORIA ESTÁ BASADA EN TWILIGHT Y FUE ESCRITA EN RELACIÓN A SUS PERSONAJES POR LO QUE TE PIDO RESPETO Y LA SAQUES DE AQUÍ, TE BUSCARÉ Y DENUNCIARÉ EN CADA RINCÓN DE LA RED EN DONDE ESTÉS PORQUE TE JURO QUE A LAS PLAGIADORAS NO SE LES PERDONA, RESPETATE Y RESPETA A LA GENTE QUE SI OCUPA SU CABEZA EN COSAS ÚTILES COMO CREAR HISTORIA PARA ENTRETENER Y DARLE SUEÑOS A LAS PERSONAS...
SALUDOS, TIWII CULLEN (LA VERDADERA ESCRITORA DE CORAZÓN DE HIERRO)